• Repensar a los comunistas en América Latina

    Dra. Elvira Concheiro Bórquez

    Introducción:
    América Latina es una región que ha sufrido enormes cambios que han afectado de manera dramática las condiciones de vida de la mayoría de su población. Las políticas neoliberales seguidas durante los últimos decenios han profundizado la desigualdad y provocado un mayor atraso económico y social, de forma que hoy se está más alejado del desarrollo, de la equidad y de la inclusión política y social que en los años setenta del siglo pasado. Es éste el resultado de una profunda y persistente expoliación por parte de los países centrales del capitalismo globalizado y de las nuevas formas de explotación del trabajo que éste ha impuesto en el mundo entero.
    Durante la última década, en respuesta a esta lacerante situación, se han producido importantes movimientos sociales que de diversas formas y a través de muy diversos medios, han cuestionado el rumbo seguido. Es por eso, también, que podemos decir que este es un momento en el que las izquierdas latinoamericanas, muchas de las cuales han triunfado y son hoy gobierno o han estado muy cerca de serlo, enfrentan grandes posibilidades, pero también enormes retos que merecen ser analizados.
    No es el propósito de este trabajo adentrarnos en tan basto e importante asunto. Tan sólo queremos señalar que las expectativas de retorno de las izquierdas que han provocado las multitudinarias movilizaciones realizadas en prácticamente todos los países de América Latina y el Caribe, y, sobre todo, los procesos de cambio iniciados, en particular, en Venezuela, Bolivia y Ecuador, reclaman el análisis de la crisis por la que las izquierdas han atravesado las últimas décadas así como la recuperación de lo mejor de su herencia, con el propósito de poder responder al urgente desafío de construir un proyecto de transformaciones de gran alcance.
    Pese a esta apremiante necesidad de contar con perspectivas generales que den sentido a las múltiples luchas que brotan incesantemente ante el deterioro creciente de las grandes mayorías, lo cierto es que, en términos generales, los esfuerzos aún se pierde en múltiples e inconexas reivindicaciones y, con frecuencia, sus análisis y denuncias de la injusticia y la desigualdad que prevalece en el mundo se extravían en el laberinto de la pobreza y la falta de oportunidades. Se reivindica un mundo sin injusticia, sin miseria, sin desigualdades, sin exclusión, sin autoritarismo ni violencia, pero ¿cómo lograrlo? Las miras, hasta ahora, se detienen en la exigencia de una distribución más equitativa y de creación o ampliación de espacios de participación. Aunque en el espacio latinoamericano lo mencionado resulta no ser de poca importancia, lo cierto es que las raíces que provocan tal desigualdad y regatean continuamente la democracia, permanecen incólumes.
    En las limitaciones mencionadas se expresan tanto la desarticulación de las fuerzas de izquierda como las derrotas sufridas por los trabajadores a nivel mundial o, dicho en otras palabras, la pérdida de centralidad del conflicto entre el capital y el trabajo. Lo cual ha provocado que aparezca en la escena política y social “una conflictividad puntual y episódica, fuerte e impetuosa pero al mismo tiempo incapaz de unificar un movimiento social según el objetivo de una reforma del sistema.”
    No obstante, en los últimos años el múltiple y disperso proceso de resistencia ha dado lugar a una terca búsqueda en la que han empezado a reconstruirse las izquierdas y a surgir algunos movimientos que, a falta de una pertinente denominación positiva, simplemente se reconocen como “anticapitalistas”. También se han producido un sinnúmero de movimientos y organizaciones que aunque no se designen de alguna forma específica, sus acciones empiezan a estar orientadas al cuestionamiento del régimen socioeconómico de nuestros días o, al menos, de aspectos importantes de este.
    De forma simultánea, en Venezuela, Bolivia y, más recientemente, en Ecuador, han accedido al gobierno fuerzas que pugnan por un cambio de rumbo en forma más nítida y radical, abriendo paso a complejos procesos que están en curso y reclaman una nueva reformulación del proyecto anticapitalista. El reto que ha lanzado la revolución bolivariana de pensar el socialismo del siglo XXI; así como la exigencia de desplegar el proceso de descolonización que ha emanado de nuestros pueblos originarios y, en particular, tanto de la selva lacandona como de la cordillera de los Andes, nos obliga a repensar qué puede significar hoy el “anticapitalismo”, o más aún, nos impele a repensar el proyecto de sociedad que debiera superar a la actual.
    Estos retos, sin embargo, se han topado con una profunda dificultad, perplejidad, confusión, ausencia de debate, desconcierto, que no permiten aún levantar realmente la mirada y ensanchar el cauce de la elaboración de alternativas emancipadoras. Y es que en esta resistencia, que también es incapacidad, hay historias con las que no se han ajustado cuentas, fenómenos que no han sido analizados y comprendidos, particularmente en relación con el comunismo del siglo XX, el más audaz intento de superar el capitalismo, pero también por ello, el más frustrante y malogrado.
    Es, por tanto, nuestra convicción que analizar críticamente la experiencia comunista del siglo XX, su historia de victorias y fracasos, así como su final derrota, como parte medular de la crisis por la que han atravesado las izquierdas del mundo entero, se convierte día a día en una urgencia de la lucha emancipadora de nuestros pueblos.
    Si en el terreno de la lucha política ha estado prácticamente ausente el análisis de esta y otras experiencias pasadas, en forma paradójica, en las últimas décadas en particular el fenómeno del comunismo del siglo XX ha sucitado gran interés en espacios académicos (sobre todo norteamericanos), que llevó a la realización de un gran número de estudios. Aunque hacia mediados de la década de los años noventa la mayor parte de esos estudios sobre el comunismo tuvieron un claro propósito político e ideológico, encaminado a presentarlo en forma simplificada como un fenómeno reducible y claramente identificable con las peores atrocidades cometidas en el siglo más violento y destructor de la historia humana, lo cierto es que el interés se ha mantenido, animado sobre todo por la enorme cantidad de documentación que salió a la luz tras la caída de los regímenes del este europeo.
    En lo que se ha convertido en una amplia revisión de aspectos medulares de la historia del siglo XX, el esquema interpretativo dominante, cuyos términos no difieren sustancialmente de los utilizados durante la llamada Guerra Fría, ha marcado la pauta de gran parte de las publicaciones realizadas sobre el comunismo, de forma que se han generalizado una serie de estereotipos con los que siempre se denigró a los comunistas, en los que se presentan como hechos comprobados todo aquello que durante décadas no fue más que propaganda ideológica. Ahora se exhiben documentos secretos con los que se recrea el carácter conspirativo y criminal de un complejo fenómeno que ha sido reducido, casi exclusivamente, a una obscura y totalitaria fuerza al servicio del estado soviético. De forma que estamos ante una situación en la que una rica experiencia histórica, acontecimientos extraordinariamente complejos y contradictorios, así como personajes con vivencias intensas, quedan reducidos a unas cuantas frases repetidas y a una trillada estigmatización.
    Es pertinente considerar que hoy existen las condiciones para que el conflicto que subyace en toda sociedad contemporánea, y que en América Latina se ha hecho más visible en los procesos de la última década, pueda ser –tal como escribe Pietro Barcellona— “rediseñado sobre la cuestión fundamental de la actualidad del comunismo en términos absolutamente no reconducibles a las estructuras y a las instituciones de las experiencias de los países del Este (del socialismo estatista, economicista y burocrático –y autoritario, habría que agregar–) ni al paradigma economicista de la redistribución compensatoria de las políticas socialdemócratas”.
    Pero para que esto sea posible, es ineludible el conocimiento y análisis de esas experiencias emancipadoras que produjo el siglo XX y que fracasaron.

    Estudiar críticamente al comunismo desde y en América Latina
    En primer lugar, es evidente que el fenómeno comunista plantea un conjunto de hechos e ideas extraordinariamente amplio y complejo, que no permite que se le reduzca –al menos sin distorsionarlo, como se ha hecho—en una sola de sus facetas. Por el contrario, se hace indispensable estudiarlo desde una mirada amplia y compleja que permita entender la intrincada interrelación del comunismo como una corriente de pensamiento de alcance universal, como un movimiento político revolucionario presente en todo el planeta a través de múltiples formas y acciones y como una expresión estatal que involucró por décadas a más de un tercio de la humanidad y fue componente esencial de la geopolítica mundial, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX.
    En otras palabras, frente a la potente construcción ideológica dominante no sólo hace falta una rigurosa reconstrucción histórica de la experiencia comunista que hoy, como nunca antes, es posible gracias a la montaña inmensa de documentos resguardados en los archivos comunistas abiertos apenas en la última década del siglo pasado; sino también es necesario un serio replanteamiento metodológico que permita, entre otras cosas, el desmontaje de ese encadenamiento que comparten la derecha y la izquierda dogmática, que inicia con Marx, pasa por Lenin y llega a Stalin (y a Mao en el caso de China), en lo que se refiere a la emblemática personificación del comunismo; o el desmantelamiento de ese otro encadenamiento, tanto o más perverso, que identifica el comunismo con el bolchevismo, con el estalinismo, con el totalitarismo, en el que el terror y los asesinatos estalinistas son principio y fin que explica todo y hace desaparecer toda diferencia con el nazismo, arrimando hacia el olvido, entre otras muchas cosas, a los millones de muertos provenientes del bando comunista que dejó la Segunda Guerra Mundial.
    Con un enfoque diverso podremos distinguir lo que de manera evidente es distinto, aunque mantenga vínculos y relaciones (por momentos acompasadas, por momentos tensas) que resultan en un enmarañado y complejo fenómeno de la mayor importancia. Distinguir, por ejemplo, lo que son numerosos actos de lucha justiciera por transformar las ominosas condiciones de vida y trabajo, de lo que es la lógica de Estado de una gran potencia, es decir, distinguir lo que fueron las luchas y revoluciones encabezadas por los comunistas de lo que representó el poder del Estado soviético. Distinguir, también, lo que ha sido resultado de lo más avanzado del pensamiento social, como proyecto de transformación radical, de lo que fue su uso y encajonamiento ideológico con fines de dominio; es decir, diferenciar a Marx y los marxistas del llamado marxismo-leninismo; así como el pensamiento de Lenin del leninismo.
    Con lo anterior, no pretendemos sugerir algún tipo de justificación, también frecuente en el campo de las izquierdas, o pretender relativizar o desdibujar lo que sin duda es también un componente sustancial del fenómeno comunista del siglo XX, es decir, su historia de crímenes y dictaduras. Por el contrario, de lo que se trata es de proponer simplemente el soporte de las condiciones mínimas para estar en posibilidades de analizar críticamente y comprender esa experiencia y su derrota, al margen de determinaciones ideológicas unilaterales que, particularmente en este tema, son tan frecuentes.
    Es indispensable insistir en una visión que sea rigurosa en el análisis histórico, pues con demasiada frecuencia en los estudios que hemos mencionado se filtran imprecisiones o se desvanecen los datos, las fechas precisas que dan sentido a hechos, mismos que, como veremos, sacados de su contexto preciso adquieren un sentido muy diferente.
    Ahora bien, lo dicho hasta aquí implica principalmente a los estudios que en el mundo, particularmente anglosajón pero también de los países que anteriormente conformaron el llamado “campo socialista”, se han realizado desde la caída de estos regímenes, pero ¿qué ha sucedido en América Latina? ¿Cómo se ha estudiado el comunismo latinoamericano? ¿Cómo se representan y caracteriza a los comunistas en los países de la región? ¿Cuáles son los rasgos que se destacan de su inserción en el movimiento mundial? En otras palabras: ¿tenemos en y desde esta parte del mundo otras miradas para entender esta expresión política que, a decir de muchos, marcó distintivamente la historia del siglo XX?
    En nuestra América –como la nombró José Martí–, el comunismo ha sido pobremente estudiado en general y, especialmente, en los países en los que los comunistas tuvieron poca fuerza política. Más allá de ciertas historias oficiales de los partidos comunistas (algunas, por cierto, no tan malas) o varios libelos anticomunistas, hasta hace poco eran sumamente escasos los estudios serios sobre el tema (y son aún menos los que alcanzaron el nivel, la agudeza y lo bien escrito de los textos sobre el comunismo salvadoreño, y más precisamente sobre las memorias de Miguel Mármol, uno de sus fundadores, que nos dejó el poeta comunista Roque Dalton). Con ello, no desmerezco en ningún sentido los serios trabajos que han realizado investigadores como Arturo Taracena o Ricardo Melgar, en lo referente al comunismo en Centro América; Carlos Mazzeo o Marcos del Roio, sobre el comunismo brasileño; Hernán Camarero, Horacio Tarkus o Daniel Campeone, del comunismo argentino; Barry Carr, Martínez Verdugo u Horacio Crespo acerca de los comunistas mexicanos, por señalar sólo algunos.
    Ciertamente, junto a estos importantes esfuerzos, en las últimas décadas, no sólo por el acceso a mayor documentación sino –paradójicamente– por lo que aparece como ciclo conclusivo de su existencia, en América Latina, un poco más tarde que en otras partes, hemos visto aparecer, además de valiosas memorias de militantes y dirigentes comunistas, un número considerable de nuevos estudios sobre el comunismo que no reparan en la discusión conceptual señalada y que, en buena medida, reproducen elementos del esquema dominante.
    Existe un primer implícito particularmente relevante en lo que se refiere al estudio del comunismo, dada la carga política e ideológica que siempre acarrea, pero que es muy cuestionable: los historiadores de hoy se presentan con la bandera de la “objetividad”. Ante lo cual, vale la pena señalar, con honestidad explícita, tal como atinadamente insiste Boaventura de Sousa, que nuestra objetividad, de cara a nuestras realidades, no puede ser neutralidad, porque –decimos nosotros– la injusticia, la miseria, el sufrimiento, la exclusión y violencia que viven y han vivido nuestras sociedades no nos puede ser indiferente. De forma que el compromiso con las luchas que por superar esa situación se han dado y se dan hoy en América Latina, nos debieran dotar de una mirada comprensiva y analítica que, sin dejar de ser crítica, tenga sentido de pertenencia. Una pertenencia que no se ancla en el pasado, sino que se suma a la reinvención de la emancipación social a la que se refiere el sociólogo portugués. Esa es una de las primeras dificultades, y debiera ser, quizá, una de las primeras particularidades de las otras miradas que podemos tener quienes desde aquí estudiamos a los comunistas, lo mismo que a otras expresiones de las izquierdas.
    El tema que abordamos reclama de los investigadores conocimiento y comprensión de lo que significa, por ejemplo, la militancia política, de lo que representan los símbolos y los ideales; de las construcciones teóricas que están detrás de las acciones; de los distintos significados que, en momentos diferentes, tienen los planteamientos políticos. Por lo mismo, la más rigurosa contextualización histórica, se hace aún más indispensable.
    Y es eso lo que con harta frecuencia se elude, se omite o se manipula. Con los anteojos de un momento como el actual, en el que se enseñorea la desesperanza y la antipolítica, es sumamente difícil entender los lenguajes y las motivaciones con que se movían los comunistas. Si, además, no reflexionamos sobre los términos que han impuesto quienes, pilares de la guerra fría, se consideran vencedores, nuestras propias temáticas, y los instrumentos conceptuales con los que trabajamos estarán impregnados de una determinada ideología, aunque no seamos concientes de ello.
    Habría, por tanto, que empezar por preguntarnos, como decía Franz Wieacker, el fundamento de nuestras preguntas. Eso debiéramos intentar como cimiento de un análisis sustentadamente crítico y enclavado en nuestra historia y nuestras realidades.

    Los estudios sobre la Internacional Comunista en América Latina
    En particular, nos detendremos aquí en el tema, que ha renovado el interés de los estudios recientes, de la presencia de la Internacional Comunista en América Latina. En primer lugar, porque el mismo nos remite a los orígenes, al momento en que surgen –y las causas que lo permitieron– el conjunto de organizaciones que se adhirieron al movimiento comunista que emergió con fuerza tras la revolución rusa; asunto que desde siempre hubo quienes se empeñaron en presentarlo como una mera implantación de un fenómeno “externo”, ajeno a nuestra realidad, cargado en muchos sentidos de una connotación negativa (a lo cual contribuyó–con la exclusiva excepción del cardenismo mexicano–, sin duda, la fuerte afirmación nacionalista que se desarrolló en América Latina sobre todo en la primera mitad del siglo XX). Pero no sólo, sino también porque nos refiere a uno de los aspectos más controvertidos y, quizá menos entendidos, que es la interrelación de la esfera nacional y la proyección internacional que caracterizó de manera más definida al comunismo del siglo XX. Asimismo, es –el de la Internacional Comunista en AL– un tema eludido siempre en las historias generales de la IC y en los que sólo encontramos un estudio más general realizado en la década de los ochenta por un historiador venezolano, junto a otro de un costarricense, pero sobre el que se ha reavivado un gran interés que, con la sola excepción del monumental trabajo del Diccionario Biográfico de la Internacional Comunista en América Latina (1919-1943), se ha canalizado en estudios muy específicos y locales. De forma que, en estos últimos trabajos, se sigue citando como la obra principal y como referente central el trabajo de Manuel Caballero, escrito sin acceso a la información contenida en los archivos hoy abiertos y la cual adolece, no sólo por lo anterior, de enormes deficiencias.
    Repensar a los comunistas desde estas nuestras tierras obliga, tal como señala Jaime Massardo, en primer lugar, a desentrañar las características de una recepción; las peculiaridades de una relación con un “otro”; las maneras de apropiación y recreación; o, parafraseando a Mariátegui, de “creación heroica”.
    Sin duda, la corriente comunista tiene su origen en tierras muy lejanas y en un contexto de profunda y sangrienta crisis –la de la Primera Guerra Mundial–, que involucra fundamentalmente a Europa. Como resultado de la irreversible –hasta ahora– división del movimiento de los trabajadores del “viejo” continente, misma que termina por consumarse tras la segunda revolución rusa de 1917, el comunismo aparece como un poderoso movimiento sin fronteras.
    Sin embargo, por la dimensión y alcance de la impronta revolucionaria rusa, ese potente movimiento tuvo desde sus inicios un localizado centro de irradiación, el cual, no obstante los lentos medios de comunicación de aquellos tiempos, no tardó tanto en llegar a todos los rincones de planeta.
    No era, por cierto, la primera vez que los trabajadores de la “periferia” capitalista, tenían noticia y se sumaran a las luchas y organizaciones de sus pares europeos. Habría que mencionar, así sea de paso, la influencia que tuvo la Comuna de París en los principales centros fabriles de Latinoamérica, a donde sus hazañas y desventuras llegaron las más de las veces, en el equipaje intangible de los emigrados que poblaron las fábricas de Argentina, Chile, Estados Unidos, y tantos otros lugares. Sin duda, también, la Segunda Internacional, la Internacional Socialista, tuvo aquí presencia no sólo por la continua emigración de fines del siglo XIX sino ya, también, a través de publicaciones y textos que se reprodujeron en nuestra América, de forma que los primeros marxistas latinoamericanos reprodujeron la interpretación dominante en aquella organización y crearon a imagen y semejanza del partido alemán, sus propios instrumentos partidistas. El Partido Socialista argentino de Juan B. Justo sería el más notable de aquellos partidos.
    De forma que, cuando en Europa los poderosos partidos obreros se hundían en una profunda división, para dar surgimiento a una nueva corriente que exigía la paz y se disponía a propagar su grito insurrecto para acabar con el capitalismo, en América Latina llegaban los ecos de la proeza de los trabajadores de la ciudad y el campo rusos, en buena medida a través de la prensa que se escandalizaba por la intrepidez bolcheviki, llevando a los revolucionarios latinoamericanos también a transformar sus partidos socialistas en comunistas.
    Es innegable, por tanto, que el surgimiento de las organizaciones que se adhirieron al comunismo estuvo bajo el influjo de los acontecimientos lejanos que ocurrían a fines de la segunda década del siglo pasado. Sin embargo, lo relevante es que en América Latina existían ya los receptores de tal experiencia y del entusiasmo que generaba.
    Aunque en Argentina, los ecos de la división de los socialistas, haría que en 1918 surgiera el Partido Socialista Internacional, sería en México donde, en 1919, naciera el primer Partido Comunista de estas tierras.
    Aunque el proceso de conformación de los partidos adheridos a la Internacional Comunista fue largo y complejo, acorde con las muy distintas condiciones políticas de cada país latinoamericano, en los primeros años de la década de los años veinte surgieron el Partido Comunista de Chile (1921), cuando el Partido Socialista fundado en 1912 por Luis Emilio Recabarren, a instancias de él mismo cambia de nombre, lo mismo que el Partido Socialista de Uruguay y el Partido Socialista Internacional de Argentina, que aquel año adoptan el nombre de Comunistas; en 1922 se organizan los Partidos Comunistas de Brasil, a la cabeza del cual estaba el exlibertario Astrojildo Pereira, el de Guatemala y el de Honduras; en 1925 el de Cuba, con Julio Antonio Mella y Martínez Villena entre sus promotores; en 1926, el de Ecuador, en el que jugó importante papel el comunista mexicano Rafael Ramos Pedrueza, en 1928, el de Paraguay. Entre 1930 y 1931, surgieron los PC de Colombia, Bolivia, Costa Rica, El Salvador y Panamá. Uno de los últimos en adoptar el nombre de Partido Comunista sería el Peruano, que hubo de esperar a la muerte de José Carlos Mariátegui para dejar su denominación de Partido Socialista, en el que el Amauta persistía con propias razones, aunque estuviera adherido a la IC.
    En la investigación de los orígenes de cada uno de esos partidos, hay sin duda una diversidad enorme de situaciones, motivaciones, personajes legendarios, que borran de un plumazo toda simplificación o reduccionismo.
    Sin embargo, se sigue sosteniendo la visión sobre el surgimiento de los partidos comunistas basada principalmente en la idea de una “importación”, que lo entiende como un proceso ajeno al país en cuestión, en el que la intervención de los “agentes” del Komintern es definitoria. Tal es el caso de México, el cual es relatado por algunos como resultado exclusivo de las acciones de espionaje y diplomacia del “agente” Mijail Gruzenberg, mejor conocido como Mijail Borodin. Aún en el libro de Paco Ignacio Taibo sobre el origen del comunismo mexicano, que abunda en el relato de un proceso mucho más complejo (y por momentos novelesco), en el que la presencia de Borodin incide básicamente en el nombre del partido que venía conformándose y que, por tanto, no es sino uno de sus componentes junto a muchos otros, la actuación de aquél se explica por momentos como si se tratara ya de un espía ruso del tipo que mucha filmografía norteamericana propagó. En realidad, sobre todo si hablamos del año 1919, momento en el que este personaje arriba a tierras mexicanas, se trata de un audaz revolucionario dispuesto a vivir una incierta tarea y sus riesgos. Personaje que mantenía lazos amistosos con la primera presidenta de la Internacional Comunista, la cual le pide, dado que Borodin había pasado varios años de exilio en Estados Unidos, cruce el Atlántico para difundir la recién fundación de la IC y busque conversaciones con el gobierno de Venustiano Carranza para abrir paso al establecimiento de relaciones oficiales de la joven República Soviética con México.
    En este, como en otros casos, es fundamental tener presente que en aquel tiempo el Estado soviético no era aún más que un prospecto profundamente afectado por la cruenta guerra civil, bastante alejado del que sería bajo el mando de Stalin. De forma que la manera de actuar de sus dirigentes y, aún más de los militantes bolcheviques, distaba enormemente de lo que sería la de los agentes de la maquinaria aceitada de la potencia roja que surgió en la posguerra. Lo contrario permite, sin duda, escribir entretenidas historias de espías, pero no un análisis histórico.

    ¿Cultura comunista o cultura kominterniana?
    Otro aspecto que llama la atención en las actuales investigaciones es el hecho de que cada vez con mayor frecuencia se pone énfasis en el término “kominterniano” que llega a sustituir el de comunista: “hombres del komintern”, “emisarios kominternianos”, “cultura kominterniana”.
    ¿Qué significado adquiere ese sutil cambio? Al parecer, se trata de enfatizar la pertenencia o sometimiento a un centro mundial, y más puntualmente, a un centro soviético. Ciertamente, todo partido comunista se concibió desde sus orígenes como parte integrante de una organización mundial, como una sección de la IC (lo cual con frecuencia se exhibía en el propio nombre del partido). Sin embargo, como hemos señalado, ello no significó siempre simple ingerencia externa, o aún más, sometimiento a una determinada fuerza de Estado que define todo, lo somete, lo vigila y controla.
    Tal como examina el estudio de Ricardo Melgar sobre los “cominternistas centroamericanos”, el proceso de inicio de una “cultura política cominternista” en América Latina no sólo debe ser fechado entre 1929 y 1933, sino que este debe ser entendido fundamentalmente como un proceso propio, es decir, inmerso en las luchas específicas de cada país o región, aunque tenga siempre el referente de Moscú. Sorprende, por lo mismo, que el autor no repare en la utilización excesiva del término cominterniano (aunque sea sin k).
    El importante y, en muchos sentidos, impresionante trabajo realizado por Víctor y Lazar Jeifets y Meter Huber, pese a no utilizar el término señalado, deja, en este sentido, muchas dudas, sobre todo porque no hay precisión en lo que se entiende por los “colaboradores del aparato de la Comintern”. ¿Podría, entonces, considerarse kominterniano a todo aquel que mantuvo alguna relación (así sea fugaz) con los órganos de la IC? Cualquiera que haya participado en alguno de los congresos o reuniones de la IC? ¿Cualquier comunista o no que haya realizado en aquel tiempo un viaje a Moscú? Incluso: ¿Cualquier clase de vínculo con los comunistas lleva a tener relaciones con la IC? Así parece, tal como lo muestra el caso de Sandino, cuya biografía forma parte del mencionado libro sin que realmente se justifique.
    No obstante lo señalado, es en otros estudios donde se revela de forma más nítida el sentido de la utilización del término que analizamos. Olga Ulilanova, historiadora del comunismo chileno, entiende de la siguiente manera la “cultura kominterniana”:
    “…mesiánica y eurocéntrica, la destinación de sus delegados a diversos países se consideraba primordial para asegurar el curso adecuado de la revolución mundial. Sin conocer muchas veces en detalle las más diversas realidades nacionales, pero convencidos de poseer la nueva revelación que salvaría el mundo, los delegados de la Internacional creían ser protagonistas de la Historia, con mayúscula, una especie de nuevos profetas.”

    ¿Cuándo surge y a través de qué medios esta “cultura”? ¿Quiénes constituyeron o fueron parte de ésta? ¿Todos los comunistas que mantuvieron relaciones con la IC? ¿Todos los extranjeros que participaron de acciones comunistas? ¿Eran parte de ella militantes como Julio Antonio Mella, Farabundo Martí o José Carlos Mariátegui, quienes sin duda participaban de la convicción revolucionaria comunista y, como en el caso de los primeros, estuvieron dispuestos a ofrendar su vida en una lucha que para ellos no tenía fronteras?
    En realidad, muchos ejemplos podrían ponerse de militantes comunistas que habiendo, por ejemplo, viajado a Moscú a algún congreso; enviado informes de sus partidos, o incluso haber tenido alguna “misión” por encargo del Ejecutivo comunista, distan mucho del estereotipo del “hombre kominterniano”, del “agente” o “informante” en el que, como hace Ulianova, fácilmente se ubica a todo aquel que tuvo vínculos directos con la IC. Justamente los casos de Mella, Martí y Mariátegui, no sólo por ser lo más conocidos, ponen en cuestión tal calificativo. Comunistas que nunca concibieron su militancia más que en plena libertad para expresar sus convicciones, al margen de que estuvieran o no en la “línea” de la IC o de sus partidos. En el caso de Mella, incluso, ocurrió, por el contrario, una intervención del agrupamiento internacional para revertir lo que era, sin duda, un exceso disciplinario, por decir lo menos, de la dirección de su partido.
    Auspiciada por el acceso a nueva documentación, parte de la historiografía se ha centrado en una verdadera reconstrucción “arqueológica”, en la que momentos que se consideran “oscuros”o personajes que su actividad encubierta mantuvo ocultos o desconocidos para los historiadores, son indagados minuciosamente. En un mundo repleto de momentos de clandestinidad y duras represiones, hay, sin duda, un enorme trabajo de “investigación detectivesca” para averiguar a quién protegía un seudónimo, qué documento prueba tal o cual acción no reconocida por los comunistas, quiénes movían los hilos de una representación que no se sabe bien a qué respondía, etcétera. Todo lo cual con frecuencia se realiza desde una óptica que, ajena a y desconocedora de los ámbitos de la militancia política y minimizando en los hechos las duras condiciones en las que actuaron los comunistas, muestra profundo desprecio por la voluntad, el coraje y la decisión de sencillos hombres y mujeres movidos exclusivamente por la convicción de poder construir sociedades sin desigualdad y opresión. Una perspectiva que de antemano parte de considerar absurdas las pretensiones revolucionarias (¡más aún si se trata de una revolución mundial!); descabellados sus propósitos; criminales sus métodos; ajeno a nuestra “tradición” que vendría siendo, en suma, el comunismo en América Latina.
    En relación al asunto de la “revolución mundial” al que alude Ulianova al definir esa “cultura kominterniana”, no podemos dejar de señalar que se trata de un asunto destacado por más de un historiador del comunismo, pero muy pocas veces abordado con rigurosidad. Por lo demás, es muy cuestionable que se maneje sin distingos más allá de 1924 cuando la IC, tras el fallido y último intento insurreccional en Alemania, resuelve que la situación mundial es de “estabilización del capitalismo”. Ciertamente, la IC se diferenció permanentemente de la socialdemocracia en su política revolucionaria, aunque pasó por diversas etapas en las que el tono insurreccional se modificó; pero lo que significó entre 1917 y 1924 la idea de la revolución mundial nunca volvió a ser la misma tras el debate encabezado por Stalin sobre la construcción del “socialismo en un solo país”.
    En el caso de la lectura latinoamericana de lo que podría significar la dimensión mundial de la lucha comunista, por señalar otro ejemplo, ¿se recupera acaso el planteamiento de Julio Antonio Mella que la hacía empatar con la tradición bolivariana? Ciertamente no.
    ¿Medias verdades? ¿Énfasis en unos aspectos y rápida mención a otros? ¿Omisiones deliberadas? En estos términos, la falta de rigor analítico no resulta tan inocente. Cuando la mayor parte de los estudios no destacan, ni se detienen a desentrañar, los cambios operados en el seno de la Internacional Comunista, ciertamente a los pocos años de fundada, en el interregno que va de la enfermedad y muerte de Lenin al dominio pleno de Stalin, no sólo incurren en falta de precisión histórica, sino que con ello asumen uno de los sustentos del paradigma dominante que hace aparecer como un proceso continuo, sin rupturas ni resquebrajamientos, la historia del comunismo, la cual, por tanto, no tuvo ni podía tener otro sentido que el gulag.
    Es necesario insistir en que al no diferenciar lo que fue el comunismo como movimiento revolucionario y lo que fue como fuerza de Estado (particularmente del Estado bajo el estalinismo que lo define todo, lo somete, lo vigila y controla), el análisis sobre la Internacional Comunista está incapacitado para comprender su complejidad y desentrañar su significado. En este sentido, es relevante analizar, por ejemplo, que se trata de un agrupamiento que, en un primer momento, expresa claramente al mencionado movimiento y, después, queda en el lidero y bajo la permanente tensión de no ser un órgano estatal, pero estar bajo control del partido-Estado soviético; una organización que representa una diversidad extraordinaria en permanente cambio, pero encorsetada pronto bajo rígidas directrices centralizadas.
    Si recordamos, por ejemplo, la obra de Aldo Agosti, que investigó sobre los primeros y diversos componentes de la nueva Internacional, hecho que produjo acalorados y enriquecedores debates; si no olvidamos la defensa de los anarquistas perseguidos que, ante Lenin, hicieron varios delegados al tercer congreso de la IC; si tenemos presente la feroz disputa entre los líderes bolcheviques tras la muerte de su principal dirigente, de la que pudo dar cuenta Antonio Gramsci todavía en 1926; si rememoramos la lucha intensa y directa que, hacia fines de los años veinte, aún podía dar Trotsky contra el nuevo secretario general del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (b), nos daremos cuenta de lo diferente, pese a las 21 condiciones aprobadas en 1921, que esta organización será menos de una década después.
    El rechazar el camino fácil que nos encajona en una sola de sus facetas, el estalinismo, no significa que se pretenda eludir el hecho contundente que éste representa en la historia del comunismo. Por el contrario. De lo que se trata con esta insistencia es de reclamar una historicidad precisa y una concepción abierta sobre el comunismo que permita comprenderlo en su devenir, en sus contradicciones, en su entramado problemático.

    América Latina en la Internacional Comunista
    Por último, es necesario abordar un aspecto sobre el cual existe una paradoja. Por un lado, se ha señalado con insistencia (de forma que más parece reproche), que la Internacional Comunista no le dio la misma relevancia a América Latina que la que dio a otras partes del mundo, primero especialmente a algunos países europeos (Alemania, sobre todo), luego a China. Pero, por otro lado, se sostiene la idea de un permanente intervencionismo marcado, además, por la incapacidad de los dirigentes de la IC de captar la realidad de nuestros países.

    ¿Distancia con la problemática latinoamericana? ¿Se trató siempre de simple traslado mecánico de una política elaborada en Moscú? ¿Fue siempre así? Veamos.
    En relación a la primera interrogante, no deja de ser, en cierta forma, sorprendente. ¿Acaso podía ser de otra manera? Lo cierto es que la lucha política más intensa, en los momentos en los se derrumbaban los viejos imperios como resultado de la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa se debatía entre la vida y la muerte amenazada por el “cerco sanitario” impuesto por todas las potencias europeas, se desplegaba en otras partes, no en América Latina.
    Por otra parte, los comunistas –como todas las corrientes políticas de la primera mitad del siglo XX– no escapaban, ciertamente, de una visión eurocéntrica que dominaba el mundo. Si consideramos lo presente que aún está dicha visión, quizá podamos entender las profundas raíces que tiene y lo difícil que resulta su desmontaje. Con esto, no se quiere justificar una posición, sino tratar de entender en su momento, el complejo entramado cultural en el actuaron los comunistas y, a partir de ello, explicar su proceder, evaluar sus limitaciones y reconocer sus avances.
    A partir de esta posición, más bien no deja de llamar la atención que, pese a la distancia y la carga eurocéntrica, en una declaración, publicada en enero de 1921 en L’ Internationale Communiste (num. 15), el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tratase por primera vez el tema latinoamericano, con bastante conocimiento (que hace pensar en la intervención de algún comunista cercano a estas realidades) y acierto. En éste, ciertamente, no se deja ver ni traslación mecánica ni ignorancia alguna sobre la situación de nuestros países. No sólo encontramos una vehemente denuncia del imperialismo norteamericano y la sujeción de AL a sus dictados, sino algunas puntualizaciones sumamente pertinentes. Por ejemplo, en relación al componente campesino de nuestras sociedades y, en particular, a México, leemos:
    “El problema agrario es un problema capital. En América del Sur, la economía agrícola ocupa el primer lugar (aun Argentina, el país más desarrollado de América del Sur desde el punto de vista capitalista, cuenta con menos de cuatrocientos mil obreros industriales para una población total de más de ocho millones). Tremendamente explotado, el campesinado vive en una miseria negra, bajo un yugo aplastante, y solo sirve de carne de cañón para los aventureros militares. La experiencia de México es simultáneamente característica y trágica. Los obreros agrícolas se rebelan y hacen revoluciones para verse después despojados de los frutos de su victoria por los capitalistas, los explotadores, los aventureros políticos y los charlatanes socialistas…”
    El citado texto que convoca a los comunistas a penetrar entre los campesinos “No con fórmulas y teorías abstractas”… sino con un programa que promueva la unidad de la clase campesina pobre con los obreros, hablaba entonces de dos revoluciones complementarias: la revolución proletaria y la revolución agraria.
    El asunto de los sindicatos da pie al Ejecutivo comunista para volver a mencionar el caso de México:
    “Los sindicatos que no agrupan a grandes masas industriales (como en Estados Unidos) son de tendencias revolucionarias. Pero ocurre frecuentemente que los líderes de los sindicatos sean traidores: es el caso de México donde Morones y sus semejantes explotan a los trabajadores y utilizan las organizaciones para su beneficio personal. Es importante expulsar a esos jefes y liberar a los sindicatos de los chantajistas y de su influencia reaccionaria.”
    ¿Será simplemente que se desconoce documentos como el arriba citado, o que de acuerdo a los lugares comunes que se difunden no encaja?
    Ahora bien, si lo que se busca señalar es la práctica de trasladar mecánicamente fórmulas políticas válidas para otras latitudes (asunto, sin duda, que fue instaurándose con fuerza en el movimiento comunista) y, aún más, develar los mecanismos de presión política para aceptarlas acríticamente, entonces digámoslo directamente y estudiémoslo en lo específico. En particular, ¿desde cuándo se produce?, ¿en qué términos se da?
    No hay duda, en efecto, que el dogmatismo y el seguidismo acrítico fueron características instauradas bajo el estalinismo, que marcaron profundamente a los partidos comunistas de todo el planeta, incluso más allá de la muerte de Stalin. Sin embargo, no fue una práctica que no encontrara oposiciones y, en particular, en América Latina podemos destacar algunos casos de suma relevancia como los que hemos mencionado de Mella y Mariátegui, por hablar de personajes relevantes que se opusieron en diversas circunstancias a intentos de dictados impuestos. Pero también podemos señalar partidos que, en tanto tales, no siguieron esa conducta. En particular, el caso de los comunistas costarricenses o, en otros términos el del Partido Comunista Mexicano que, desde los años sesenta, inició un largo y consistente proceso de independencia política, son ejemplos que debemos señalar junto a otros de diferentes partes del mundo.
    Con lo anterior estamos tratando de ilustrar que, en una evaluación general, nutrida, sin duda, de la reconstrucción histórica de cada uno de sus componentes, el comunismo latinoamericano no puede ser conceptualizado simplemente como “calco y copia”; como simple instrumento de la política estatal soviética, sin por ello omitir ni un ápice el análisis de la ingerencia que por largas décadas y en determinadas circunstancias, el estalinismo y sus secuelas tuvieron en la vida y organización de los comunistas latinoamericanos. Así lo constatan las investigaciones críticas de múltiples acontecimientos y periodos de la vida de los comunistas en la región, en los que se deja ver la permanente tensión entre la dinámica propia de su actuación que define mucho del quehacer cotidiano de sus partidos, y las pretensiones y desplantes hegemónicos de los comunistas soviéticos.
    Es en esa dirección que hago mías las palabras de Francisco Fernández Buey, en las que señala:
    “Si sigue habiendo comunistas en este mundo es porque el comunismo de los siglos XIX y XX, el de los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres de los jóvenes de hoy, no ha sido sólo poder y despotismo. Ha sido también ideario y movimiento de liberación de los anónimos por antonomasia. Hay un Libro Blanco del comunismo que está por rescribirse. Muchas de las páginas de ese Libro, hoy casi desconocido para los más jóvenes, las bosquejaron personas anónimas que dieron lo mejor de sus vidas en la lucha por la libertad en países en los que no había libertad; en la lucha por la universalización del sufragio en países en los que el sufragio era limitado; en la lucha en favor de la democracia en países donde no había democracia; en la lucha en favor de los derechos sociales de la mayoría donde los derechos sociales eran ignorados u otorgados sólo a una minoría. Muchas de esas personas anónimas, en España y en Grecia, en Italia y en Francia, en Inglaterra y en Portugal, y en tantas otras partes del mundo, no tuvieron nunca ningún poder ni tuvieron nada que ver con el estalinismo, ni oprimieron despóticamente a otros semejantes, ni justificaron la razón de Estado, ni se mancharon las manos con la apropiación privada del dinero público.
    “Al decir que el Libro Blanco –sigue diciendo– del comunismo está por rescribirse, no estoy proponiendo la restauración de una vieja Leyenda para arrinconar o hacer olvidar otras verdades amargas contenidas en los Libros Negros. No es eso. Ni siquiera estoy hablando de inocencia. Como sugirió Brecht en un poema célebre, tampoco lo mejor del comunismo del siglo XX, el de aquellos que hubieran querido ser amistosos con el prójimo, pudo, en aquellas circunstancias, ser amable. La historia del comunismo del siglo XX tiene que ser vista como lo es, como una tragedia. El siglo XX ha aprendido demasiado sobre el fruto del árbol del Bien y del Mal como para que uno se atreva ahora a emplear la palabra “inocencia” sin más. Hablo, pues, de justicia. Y la justicia es también cosa de la historiografía.”
    Francisco Fernández Buey*

    En efecto, las mejores y más trágicas (por ello, también más interesantes) páginas de la historia del comunismo latinoamericano están, en muchos sentidos por rescribirse con una visión propia y enclavada en las luchas emancipadoras o, incluso, escribirse, pues se han ignorado. Todo con un ánimo de hacerle justicia.

    Bibliografía
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    Ulianova, Olga, (2008) “Develando un mito: emisarios de la Internacional Comunista en Chile”, en Historia, num. 41, vol. 1, enero-junio, Ed. Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile.

    Ulianova, Olga, (2003), “Levantamiento campesino de Lanquimay y la IC”, mimeo.

    ——————, (2005 y 2009), Chile en los archivos soviéticos 1922-31 (primer tomo) y 1931-1935 (segundo tomo), Ed. LOM, Chile.

    Waack, William, (1993), Camaradas. Nos arquivos de Moscou. A historia secreta da revolucao brasileira de 1935, Ed. Companhia das Letras, Sao Paulo.

    Pietro Barcellona, Posmodernidad y comunidad. El retorno de la vinculación social, Ed. Trotta, Madrid, 1992, p.132.
    Este aspecto lo hemos desarrollado en el trabajo “El comunismo del siglo XX: una memoria en disputa”, publicado en el libro coordinado por Maya Aguiluz y Norma de los Ríos, Memorias (in)cógnitas en la historia.

    Pietro Barcellona, op.cit., p. 135.

    En esa categoría de “historias oficiales” podríamos incluir el libro coordinado por Arnoldo Martínez Verdugo, secretario general del Partido Comunista Mexicano (hasta la disolución de éste), Historia del Comunismo en México. Libro, en general, alejado de la simple apología.

    Roque Dalton, Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador, Ed. Cuicuilco, México, 1982.

    A varios de estos autores los hemos reunido en nuestro libro El comunismo: otras miradas desde América Latina, Ed. CEIICH-UNAM, México, 2005.

    Boaventura de Sousa Santos, Una epistemología del Sur, Ed. Siglo XXI y FLACSO, Buenos Aires, 2009.

    La mayor parte de esas historias de la IC llegan incluso a no mencionar su presencia e intervención en AL. Otras, como la de Pierre Broué, no sólo lo aborda de manera muy sucinta, sino incurriendo en enormes falsedades. Cfe. P. Broué, Histoire de l’Internationale Communiste, 1919-1943, Ed. Fayard, 1997

    Manuel Caballero, La Internacional Comunista y la revolución en América Latina, 1919-1943, Segunda Edición, Editorial Nueva Sociedad, caracas, 1987.

    Anterior a la caída de la URSS, tenemos también el libro de Rodolfo Cerdas Cruz, La hoz y el machete: la IC, América Latina y la Revolución en Centro América, Ed. Universidad Estatal a Distancia (EUED) de Costa Rica, 1986.

    Lazar y Víctor Jeifetz, Peter Huber, la Internacional Comunista en América Latina (1919-1943). Diccionario Biográfico, Ed. Instituto de Latinoamérica de la Academia de Ciencias de Moscú y Institut pour l’ histoire d communisme de Ginebra, 2004.

    Entre ellos: Alberto Plá, La Internacional Comunista y América Latina: sindicatos y política en Venezuela (1924-1950), Ed. Homo Sapiens, Argentina, 1996; Olga Ulianova, “Levantamiento campesino de Lanquimay y la IC”, mimeo., 2003; de la misma autora Chile en los archivos soviéticos 1922-31 (primer tomo) y 1931-1935 (segundo tomo), Ed. LOM, Chile, 2005 y 2009; Hernán Camarero, A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Ed. Siglo XXI, Argentina, 2007; Aníbal Toledo Casanova, Los comunistas y la historia uruguaya, Ed. Orbe, Uruguay, 2008. Al calor de la apertura de los archivos de la IC, aparecieron en Brasil libros como: Paulo Sérgio Pinneiro, Estratégias da illusao. A Revolucao Mundial e o Brasil, 1922-1935; Ed. Companhia das Letras, Sao Paulo, 1992; William Waack, Camaradas. Nos arquivos de Moscou. A historia secreta da revolucao brasileira de 1935, Ed. Companhia das Letras, Sao Paulo, 1993.

    Jaime Massardo, “Apuntes para una relectura de la historia del marxismo en América Latina”, en El comunismo: otras miradas desde América Latina, op.cit.

    Cfe. Paco Ignacio Taibo, Bolchevikis, op.cit.

    Pese al enredo en el que cae con la clasificación de los tipos de agentes o emisarios soviéticos, Manuel Caballero también sostiene que “no se puede hablar de la formación del PC de México como algo ‘artificial’, sino, por el contrario, como algo muy natural en un contexto de crisis y revoluciones.” Op. cit., p. 90.

    En referencia a la Komintern, que es la abreviatura en ruso de la Internacional Comunista. En ocasiones se prefiere utilizar la abreviatura en inglés de Comintern.

    Ricardo Melgar Bao, “Una cultura política en formación: los mominternistas centroamericanos”, en El comunismo: otras miradas desde América Latina, op. cit., ps. 385-421.

    Jeifets, Lazar, Jeifets, Víctor y Meter Huber, La Internacional Comunista y América Latina, 1919-1943. Diccionario Biográfico, Ed. Instituto de Latinoamérica de la Academia de Ciencias (Moscú) y el Institut pour l’ histoire du communisme (Ginebra), 2004.

    Ibid, p. 297. Como es conocido, Augusto César Sandino mantuvo relaciones con el Partido Comunista Mexicano principalmente a través del comunista salvadoreño Farabundo Martí, quien fue cercano colaborador de él, hasta que éste consideró que Sandino había “traicionado” la causa antiimperialista. Aunque se acercó a la Liga Antiimperialista y a la organización Manos fuera de Nicaragua, ambas impulsadas por lo comunistas (entre ellos de forma destacada Julio Antonio Mella), hasta donde sabemos, el luchador nicaragüense nunca tuvo relación alguna con el aparato de la IC, ni viajó a Moscú.

    Olga Ulianova, “Develando un mito: emisarios de la Internacional Comunista en Chile”, en Historia, num. 41, vol. 1, enero-junio de 2008, p. 103.

    Comité Ejecutivo de la IC, “América del Sur, base colonial del imperialismo norteamericano”, reproducido en M. Löwy, El marxismo en América Latina, Ed. LOM, Santiago de Chile, 2007, p. 85.